dilluns 31 de gener de 2011

Inacabado homenaje a Bolaño, en el día del aniversario de la muerte de Cesárea Tinajero

1. Soñé que era una chica prodigiosa y me acostaba con mi profesor de literatura de la Universidad de Pittsburgh. Nunca publiqué, pero todos hablaban de lo bien que escribía, me invitaban a presentaciones y jamás hube de pagarme los whiskys.

2. Soñé que me acostaba con todos los poetas de México.

3. Soñé que tenía tiempo para acostarme con todos los poetas de México.

4. Soñé que dejaba este apunte programado en domingo, el día más jodido de todos, pero me equivocaba de fecha y aparecía otro 31 de enero, pero yo no lo veía. Soñé con Lluís Bosch y luego soñé que dejaba apuntes programados durante meses pero me moría antes y nadie se enteraba.

5. Soñé que hacía este post en tres partes, más una última. A cada una la acompañaba uno de los tres versos del mejor poema de Cesárea Tinajero, soñé que en la cuarta parte aparecían todos juntos junto a las cincuenta y siete cosas que soñé, pero trabajo demasiado.

6. Soñé que trabajaba menos.

7. Soñé que no estaba enamorada, y aquello no era un sueño: era una pesadilla. Me desperté de inmediato y dejé de soñar. A mi lado, alguien preguntaba “¿qué pasa, ladran los perros?”

8. Soñé que no tenía miedo a las ciudades y vivía en París. Montparnasse era una fiesta y el zombie de Cortázar decidía cruzar a nado el Atlántico para volver. Entrenaba cada tarde en el Sena, bajo la atenta mirada de una de mis perras mientras yo leía y leía y leía y comía ostras y bebía champagne. Vivía en una calle llena de librerías y a veces un hombre se duchaba en mi baño; nunca me atreví a confesarle que hubiera deseado forrarle cada página de cada uno de sus libros para que las letras no desaparecieran bajo el agua.

9. Soñé que tenía otro perro y lo llamaba Buck.

10. Soñé que me emborrachaba con Amadeo Salvatierra y él se pasaba del mezcal al Koskenkorva y eso me hacía feliz.

11. Soñé con Conrad, soñé que soñaba sola y que vivía sola porque vivimos igual que soñamos, solos, pero no tuve más que alargar la mano para saber que no era así y decía ¡Que te jodan, Conrad! Que te jodan, coronel Kurtz! ¡Que te jodan, Marlow!

12.Soñé que Joaquín Font se dejaba crecer la barba hasta que ésta llegaba al suelo, y entonces se la cortaba y con el pelo yo tejía una bufanda para que García Madero no pasara frío si venía a Laponia.

13. Soñé con los marineros de Marstal y los bares de Terranova. Soñé con los marineros de Marstal en los bares de Terranova y recordé que nunca he visto a una prostituta finlandesa.

16.Soñé que Angélica Liddell era Cesárea Tinajero sobre un escenario.

23.Soñé con sangre en la cama, con semen en el pelo, con el Le Club de la Fonteta de Sant Lluís en Valencia abierto de nuevo. Soñé que en los baños les compraba droga a Belano y Lima.

29. Soñé que el padre de Laura Damián no se suicidaba. Soñé que nadie se suicidaba y nadie quería suicidarse y todos nos íbamos a vivir al manicomio con Joaquín.

30. Soñé con Tintín en el Tibet, con Tintín en el Congo, con Tintín en el país de los Soviets, con Titín en el Adarraga diciendo adiós a la pelota y yo en las gradas tirando un gintónic sobre la cabeza de quien se me sentaba debajo.

31. Soñé que éramos detectives y salvajes. Soñé que buscábamos a Matilde Urbach y no la encontrábamos.

32.Soñé con cretinos comediantes curados de fútbol y literatura. Habían perdido la fe pero deseaban recuperarla. Los soñé buscando la tumba del viejo Casale entre los escombros de una ciudad arrasada. Erigieron un templo en la playa del Cabanyal con las butacas de Orriols y ya no les quedaron fuerzas para peregrinaciones más lejanas.

33. Soñé que Auxilio Lacouture se quedaba encerrada en los baños de la Biblioteca de Vic, pero no estaba sola.

37. Soñé que volvía a tener diecinueve años y no quería vivir, sólo navegar. Navegar y enterrarme marineros entre las piernas.

39. Soñé que Piel Divina chupaba pollas en el Raval por diez euros.

40. Soñé que viajaba en tren a Valladolid. En la estación me esperaba Esther y me daba un gran abrazo, “¡cuánto tiempo sin verte!”.

44. Soñé que disparaba a un oso, pero no lo mataba y él mataba a una de mis perras. Soñé con osos azules persiguiéndome en el bosque, con osos negros comiéndose a Louis, con osos verdes entrando por la ventana. Soñé que me regalaban una escopeta nueva.

45. Soñé que era mi jefe el que se caía en el agujero en el hielo en el que yo me maté y desde el cielo lo miraba y le decía ¡Que te jodaaaan, que te jodaaaan!. A él tampoco le llevaban flores.

49. Soñé que me embarcaba en el Isobel con Arturo. Soñé que compartíamos camarote, que compartíamos litera, que nunca regresábamos a puerto y pasábamos el resto de nuestros días comiendo pescado para desayunar y pescado para almorzar y pescado para merendar y pescado para cenar y un agosto llegábamos a Spitsbergen.

53. Soñé que moría a los veintiocho años, que el hielo se abría bajo mi trineo y me hundía sin gritar junto a mi mejor equipo. Sólo Velvet, mi líder favorita, se salvaba. Sólo un hombre en el mundo lloraba mi muerte. Nadie llevaba flores al Norte.

55. Soñé que me dedicaba a follar menos con los poetas de México y más a escribir. Entonces acababa este despropósito y me quedaba una bonita entrada en el blog, y el hipotético lector llegaba hasta aquí satisfecho con lo que veía en la pantalla, y luego se iba a leer a Bolaño, pero es que lo decía... ¿quién lo decía? ¿Lo decía Felipe Müller? ¿Quién? Bueno, alguien lo decía, decía Bolaño, que la literatura no vale nada, así que prefiero la vida y no tengo tiempo para las dos. Y aunque quisiera, mi jefe, mi jefe... ¿mi jefe no cayó en un agujero y se mató? ¿No me había matado yo antes que él?

57. Soñé que dejábamos de ser jóvenes. Un día alguien llamaba a mi puerta preguntando por los poemas que había escrito años atrás, por generaciones perdidas en blogs y versos en paredes. Me había casado por la iglesia y tenía nueve hijos. Le dije que no conocía a ninguna Àgueda. Volvían a fabricar mezcal Los Suicidas y absenta La Loca, pero ya no me importaba.

dilluns 24 de gener de 2011

I love not man the less, but Nature more

Hi ha dies en que no et queda altra que eixir de casa corrent i no pensar en res, només vols pujar en el trineu i allunyar-te i allunyar-te i allunyar-te i no tornar. En el fons, et dius, no és tan diferent a navegar: hores en blanc atenta a les senyals del voltant, als sons del trineu damunt la neu, quan estàs creuant un llac agafes un cap i poses proa cap allà i mantens el rumb; quan veus el sostre de les gosseres assomar entre els arbres com les llums d’un port et ve la coneguda sensació, desitges que passe qualsevol cosa, qualsevol cosa abans que tornar. Però tornes, ancores, i mentre els dones de menjar i els lleves els arnesos als gossos i et torques la sang de la cara i les mans comencen a fer-te molt de mal, penses, penses massa.





Hay días en los que no te queda otra que salir de casa corriendo y no pensar en nada, sólo quieres subirte al trineo y alejarte y alejarte y alejarte y no volver. En el fondo, te dices, no es tan diferente a navegar: horas en blanco atenta a las señales de alrededor, a los sonidos del trineo encima de la nieve, cuando estás cruzando un lago coges un cabo y pones proa hacia allá y mantienes el rumbo; cuando ves el techo de las jaulas de los perros asomar entre los árboles como las luces de un puerto te viene la conocida sensación, desearías que pasara cualquier cosa, cualquier cosa antes que volver. Pero vuelves, anclas, y mientras das de comer y les quitas los arneses a los perros y te limpias la sangre y las manos empiezan a dolerte muchísimo, piensas, piensas demasiado.

dimarts 18 de gener de 2011

Ei tämä oma vanheneminen mitään...

Al voltant dels ulls té tot el temps que no tornarà, el temps que no hem passat junts. Em contà que un dia, mentre donava de menjar als gossos, es va fixar en que ho feia sempre en el mateix ordre, seguint la direcció de les agulles del rellotge; des d’eixe dia, ho fa en la direcció oposada. “És la meua manera de lluitar contra el temps”, em va dir riguent-se, “tan inútil com totes les altres, però no he tornat mai a donar-los el menjar o netejar-los les gàbies en la direcció de les agulles”. Havíem estat parlant dels anys, jo havia baixat al poble a comprar la crema antiarrugues que sovint utilitze; no la tenien ni al supermercat ni a la farmàcia i havia tornat a casa trista.

Que la batalla està perduda ho he sabut sempre, massa bé, això ja ho he dit abans, i encara no he aconseguit acostumar-me. Ho oblide en alguns moments, com quan Louis m’explica que Jonathan Livingston Seagull era la seua pel•lícula preferida quan era un nano o parlem dels Tintíns llegits, eixos moments en que encara em mira com el xiquet que mirava l’Atlàntic i somiava un dia deixar el poble a bord d’un vaixell. Però se’n va, cada dilluns se’n va als boscos amb els gossos i fins dijous no torna, i jo em quede sola amb les gosseres plenes amb els massa cansats, els menys forts dels més forts, els més vells d’entre els més joves o els que han perdut massa múscul i necessiten que els mime amb molta carn, i per les nits m’adorc al sofà llegint poemes d’Eeva Kilpi que em recorden cada minut que passa, cada minut menys vius, cada nova arruga al voltant dels seus, dels meus ulls, sense que puguem fer res per evitar-ho.

"En quant a mi, no m’importa si vaig fent-me vella-
però com suportar vore que el meu jove amant
comença a envellir?
La calvície. La panxa. L’apatia.
Per què no em va deixar en un bon moment?
Jo ja tenia arrugues quan ens coneguérem,
li recordava a sa mare,
vaig deixar que em conquerira, admirat
de que encara fóra possible amb algú tan major.
Però ara les arrugues comencen a aparéixer en ell
i no estic preparada per a això.
Quan pense que podria tindre el record
d’un home jove i apassionat...
I açò no és tot.
Nit rere nit, em preocupa la idea de que,
en pitjor estat que ara, el sorprenguen front a la meua tomba
plantat lluny de la resta, un vell trist
per al que ja ha passat massa temps
i ningú puga entendre
què vaig vore en ell.
I potser jo tampoc ho acabe d’entendre,
després de tot, sóc simplement humana.

Quan la sorra caiga sobre el meu taüt
en un matí de rosada, quan sonen les pales
i els joves estudiants en pantalonets
estiguen cobrint-me...

Mort, tu rius.
Però jo et torne el somriure."





Alrededor de los ojos tiene todo el tiempo que no volverá, el tiempo que no hemos pasado juntos. Me contó que un día, mientras daba de comer a los perros, se fijó en que lo hacía siempre en el mismo orden, siguiendo la dirección de las agujas del reloj; desde ese día, lo hace en la dirección opuesta. “Es mi manera de luchar contra el tiempo”, me dijo riéndose, “tan inútil como todas las otras, pero no he vuelto nunca a darles la comida o limpiarles las jaulas en la dirección de las agujas”. Habíamos estado hablando de los años, yo había bajado al pueblo a comprar la crema antiarrugas que acostumbro a utilizar; no la tenían ni en el supermercado ni en la farmacia y había vuelto a casa triste.

Que la batalla está perdida lo he sabido siempre, demasiado bien, esto ya lo he dicho antes, y todavía no he conseguido acostumbrarme. Lo olvido en algunos momentos, como cuando Louis me explica que Jonathan Livingston Seagull era su película favorita cuando era nano o hablamos de los Tintíns leídos, esos momentos en que todavía me mira como el niño que miraba el Atlántico y soñaba un día dejar el pueblo a bordo de un barco. Pero se va, cada lunes se va a los bosques con los perros y hasta el jueves no vuelve, y yo me quedo sola con las jaulas llenas de los más cansados, los menos fuertes de los más fuertes, los más viejos de entre los más jóvenes o los que han perdido demasiado músculo y necesitan que los mime con mucha carne, y por las noches me duermo en el sofá leyendo poemas de Eeva Kilpi que me recuerdan cada minuto que pasa, cada minuto menos vivos, cada nueva arruga alrededor de sus, de mis ojos, sin que podamos hacer nada por evitarlo.

"En cuando a mí, no me importa si estoy envejeciendo-
pero ¿cómo soportar que mi joven amante
empieza a envejecer?
La calvicie. La barriga. La apatía.
¿Por qué no me dejó en un buen momento?
Yo ya tenía arrugas cuando nos conocimos,
le recordaba a su madre,
dejé que me conquistara, admirado
de que aún fuera posible con alguien tan mayor.
Pero ahora las arrugas empiezan a asomar en él
y no estoy preparada para eso.
Cuando pienso que podría tener el recuerdo
de un hombre joven y apasionado...
Y eso no es todo.
Noche tras noche, me preocupa la idea de que,
en un estado peor al de ahora, lo sorprendan frente a mi tumba
de pie lejos del resto, un viejo triste
para el que ya ha pasado demasiado tiempo
y nadie pueda entender
qué fue lo que vi en él.
Y quizá yo tampoco acabe de entenderlo,
después de todo, simplemente soy humana.

Cuando la arena caiga sobre mi ataúd
en una mañana de rocío, cuando suenen las palas
y los jóvenes estudiantes en pantalón corto
estén cubriéndome...

Muerte, tú te ríes.
Pero yo te devuelvo la sonrisa."

dilluns 17 de gener de 2011

Homenaje a Bolaño, próximo el aniversario de la muerte de Cesárea Tinajero (I)


1. Soñé que era una chica prodigiosa y me acostaba con mi profesor de literatura de la Universidad de Pittsburgh. Nunca publiqué, pero todos hablaban de lo bien que escribía, me invitaban a presentaciones y jamás hube de pagarme los whiskys.


8. Soñé que no tenía miedo a las ciudades y vivía en París. Montparnasse era una fiesta y el zombie de Cortázar decidía cruzar a nado el Atlántico para volver. Entrenaba cada tarde en el Sena, bajo la atenta mirada de una de mis perras mientras yo leía y leía y leía y comía ostras y bebía champagne. Vivía en una calle llena de librerías y a veces un hombre se duchaba en mi baño; nunca me atreví a confesarle que hubiera deseado forrarle cada página de cada uno de sus libros para que las letras no desaparecieran bajo el agua.


12.Soñé que Joaquín Font se dejaba crecer la barba hasta que ésta llegaba al suelo, y entonces se la cortaba y con el pelo yo tejía una bufanda para que García Madero no pasara frío si venía a Laponia.


16.Soñé que Angélica Liddell era Cesárea Tinajero sobre un escenario.


23.Soñé con sangre en la cama, con semen en el pelo, con el Le Club de la Fonteta de Sant Lluís en Valencia abierto de nuevo. Soñé que en los baños les compraba droga a Belano y Lima.


29. Soñé que el padre de Laura Damián no se suicidaba. Soñé que nadie se suicidaba y nadie quería suicidarse y todos nos íbamos a vivir al manicomio con Joaquín.


31.Soñé con cretinos comediantes curados de fútbol y literatura. Habían perdido la fe pero deseaban recuperarla. Los soñé buscando la tumba del viejo Casale entre los escombros de una ciudad arrasada. Erigieron un templo en la playa del Cabanyal con las butacas de Orriols y ya no les quedaron fuerzas para peregrinaciones más lejanas.


37. Soñé que volvía a tener diecinueve años y no quería vivir, sólo navegar. Navegar y enterrarme marineros entre las piernas.


40. Soñé que viajaba en tren a Valladolid. En la estación me esperaba Esther y me daba un gran abrazo, “¡cuánto tiempo sin verte!”.


44. Soñé que disparaba a un oso, pero no lo mataba y él mataba a una de mis perras. Soñé con osos azules persiguiéndome en el bosque, con osos negros comiéndose a Louis, con osos verdes entrando por la ventana. Soñé que me regalaban una escopeta nueva.


49. Soñé que me embarcaba en el Isobel con Arturo. Soñé que compartíamos camarote, que compartíamos litera, que nunca regresábamos a puerto y pasábamos el resto de nuestros días comiendo pescado para desayunar y pescado para almorzar y pescado para merendar y pescado para cenar y un agosto llegábamos a Spitsbergen.


53. Soñé que moría a los veintiocho años, que el hielo se abría bajo mi trineo y me hundía sin gritar junto a mi mejor equipo. Sólo Velvet, mi líder favorita, se salvaba. Sólo un hombre en el mundo lloraba mi muerte. Nadie llevaba flores al Norte.


57. Soñé que dejábamos de ser jóvenes. Un día alguien llamaba a mi puerta preguntando por los poemas que había escrito años atrás, por generaciones perdidas en blogs y versos en paredes. Me había casado por la iglesia y tenía nueve hijos. Le dije que no conocía a ninguna Àgueda. Volvían a fabricar mezcal Los Suicidas y absenta La Loca, pero ya no me importaba.

diumenge 16 de gener de 2011

I si...

En octubre del 2009, mentre esperava que començara la partida de pilota de cada vesprada a la Plaza de los Ponchos d’Otavalo, Equador, vaig vore un vestit a una parada del mercat. Era un vestit com hi havia centenars a la resta de parades d’artesania, un vestit d’estiu per a un nounat, de cotó, blanc, tirantets i unes floretes brodades. No sabria dir què em va portar a comprar-lo, una d’eixes estranyes sensacions que et venen a voltes al voltant del melic, inexplicables, i a les en ocasions preferiries no tractar de donar resposta. No tenia en eixe moment a ningú proper esperant a una xiqueta, jo tampoc estava embarassada, potser desitjava estar-ho? Potser prompte algú del meu entorn anunciaria la bona nova? Potser simplement vaig caure rendida a l’encant de la robeta per a nounats, sempre bonica per horrorosa que siga, jo què sé. El cas és que vaig comprar el vestidet, i el vaig deixar en un calaix a L’Alqueria. Allí està, encara.

En el temps d’un embaràs aplegà l’estiu, i tornava a estar al Jotunheimen, a l’espera d’uns dies de vacances en que baixar a la terreta. La meua amiga Agnieszka, a Polònia, volia visitar Espanya des de feia temps, i parlàrem de la possibilitat de fer juntes un viatge cap al sud. Al remat les dates no ens van quadrar, però ella ja tenia el bitllet i continuà amb els plans. Un migdia passejant per Ronda es trobà a un home amb una gossa, es van mirar i encara no han deixat de fer-ho. Què haguera passat si haguérem fet eixe viatge juntes? Puc assegurar que jo no haguera estat caminant per Ronda a ple sol. Què haguera passat si ell no s’haguera trobat dies abans pel carrer a una gossa malalta i desnodrida a la que va arreplegar i que hagué de quedar-se ingressada a una clínica veterinària? A Ronda només estava de pas, no hagués trobat a Agnieszka. Què seria ara d’un, de l’altra, de la gossa?

Crec en la vida com un llibre en blanc que nosaltres ens encarreguem d’escriure, però sé també que la ploma –va, les tecles- amb que escrivim ens ve tocada per l’atzar, i em desespera pensar-ho, saber que no sóc 100% ama de les meues decissions. Sé que el meu present és fruit del meu esforç, que si puc no ja tocar amb la punta dels dits sinó agafar amb la mà sencera això que diuen plenitud, és perquè he treballat per aconseguir-ho, però no puc evitar pensar en els “i si...”. Què haguera passat si l’oferta de feina que vaig rebre dos dies després de la que em va portar ací, haguera aplegat tres dies abans? Ara estaria en Suècia, vivint en l’Abisko National Park, i com seria la meua vida allí? Haguera tingut el que tinc ara? Seria millor, seria pitjor?

Mirant al passat ens preguntem què estaríem fent si aquell dia no haguérem perdut aquell tren, si aquella relació no haguera acabat, si una nit de cap d’any haguérem eixit finalment de casa en lloc de quedar-nos al sofà. Com de diferent seria tot? Haguera sigut l’atzar benèvol o per contra acumularíem més tristeses a l’esquena? No haguérem conegut uns paisatges, però potser n’haguérem conegut altres que ens ompliren més? A quanta gent ara important no hauríem trobat, o amb quants sí ens hauríem creuat pel camí?

No val la pena calfar-se el cap. No sé qui ens haurà donat les cartes, però no les haurem jugat tan malament quan aquest present és el resultat de la partida; no les haurem jugat tan malament quan hi haurà una xiqueta, abans d’aplegar l’estiu, que lluirà baix el cel polonés un vestidet comprat en un mercat d’Equador.


En octubre del 2009, mientras esperaba el comienzo de la partida de pelota de cada tarde en la Plaza de los Ponchos, en Ecuador, vi un vestido en una parada del mercado. Era un vestido como había centenares en el resto de paradas de artesanía, un vestido para una recién nacida, de algodón, blanco, tirantes y flores bordadas. No sabría decir qué me llevó a comprarlo, una de esas extrañas sensaciones que te vienen a veces alrededor del ombligo, inexplicables, y a las que en ocasiones preferirías no tratar de dar respuesta. No tenía en ese momento a nadie cercano esperando a una niña, yo tampoco estaba embarazada, ¿quizá deseaba estarlo? ¿Quizá pronto alguien de mi entorno anunciaría la buena nueva? Quizá simplemente caí rendida al encanto de la ropita para bebés, siempre tan mona por horrorosa que sea, yo qué sé. El caso es que compré el vestido, y lo dejé en un cajón en L’Alqueria. Allí está, todavía.

En el tiempo de un embarazo llegó el verano, y volvía a estar en el Jotunheimen, a la espera de unos días de vacaciones en que bajar a la terreta. Mi amiga Agnieszka, en Polonia, quería visitar España desde hacía tiempo, y hablamos de la posibilidad de hacer juntas un viaje hacia el sur. Al final las fechas no nos cuadraron, pero ella ya tenía el billete y continuó con los planes. Un mediodía paseando por Ronda se encontró a un hombre con una perra, se miraron y todavía no han dejado de hacerlo. ¿Qué hubiera pasado si hubiéramos hecho ese viaje juntas? Puedo asegurar que yo no habría estado caminando por Ronda a pleno sol. ¿Qué hubiera pasado si él no hubiera encontrado días antes en la calle a una perra enferma y desnutrida a la que recogió y que hubo de quedarse ingresada en una clínica veterinaria? En Ronda sólo estaba de paso, no hubiera encontrado a Agnieszka. ¿Qué sería ahora de uno, de la otra, de la perra?

Creo en la vida como un libro en blanco que nosotros nos encargamos de escribir, pero sé también que la pluma –va, las teclas- con la que escribimos nos viene tocada por el azar, y me desespera pensarlo, saber que no soy al 100% dueña de mis decisiones. Sé que mi presente es fruto de mi esfuerzo, que si puedo no ya tocar con la punta de los dedos sino coger con la mano entera eso que dicen plenitud, es porque he trabajado para conseguirlo, pero no puedo pensar en los “y si...”. ¿Qué hubiera pasado si la oferta de trabajo que me llegó dos días después de la que me trajo aquí, hubiera llegado tres días antes? Ahora estaría en Suecia, viviendo en el Abisko National Park, y ¿cómo sería mi vida allí? ¿Tendría lo que tengo ahora? ¿Sería mejor, sería peor?

Mirando al pasado nos preguntamos qué estaríamos haciendo si aquel día no hubiéramos perdido aquel tren, si aquella relación no hubiera acabado, si una noche de fin de año hubiéramos salido finalmente de casa en lugar de quedarnos en el sofá. ¿Cómo de diferente sería todo? ¿Hubiera sido el azar benévolo, o por contra acumularíamos más tristezas en la espalda? No hubiéramos conocido unos paisajes, pero ¿quizá otros nos hubiesen llenado más? ¿A cuanta gente ahora importante no habríamos encontrado, con cuántos sí nos habríamos cruzado en el camino?

No vale la pena calentarse la cabeza. No sé quién nos habrá dado las cartas, pero no las habremos jugado tan mal cuando este presente es el resultado de la partida; no las habremos jugado tan mal cuando habrá una niña, antes de llegar el verano, que llevará puesto bajo el cielo polaco un vestidito comprado en un mercado de Ecuador.

dimarts 11 de gener de 2011

John Barleycorn

“Cuando la fortuna les sonríe, beben. Cuando la buena suerte les da la espalda, beben con la esperanza de que vuelva a sonreírles. Y si al final resulta que la fortuna no fue tal, sino todo lo contrario, beben para olvidar. Si encuentran a un amigo, beben. Y si riñen con un camarada y pierden su amistad, también beben. Si sus amantes les son fieles, necesitan celebrar esa felicidad bebiendo. Si son engañados, o si pierden el cariño de ellas, beben no para celebrarlo sino para acabar con el sufrimiento ocasionado por la pérdida de tal amor. Y si no tienen nada, absolutamente nada que hacer, nada con lo que entretenerse, beben sabedores de que cuando se hayan metido unos cuantos tragos, una cantidad suficiente de tragos, mágicas visiones aparecerán en su mente y con ello podrán ocupar sus manos en lo que les venga en gana.”

Jack London. John Barleycorn

"Deuries beure més... no beus perquè després ell s’enfada? Francesos... deuries buscar-te un home finlandés, un home de Lapònia, un granger de rens, sí... ells sí que saben beure, el meu exmarit i jo ens bevíem una botella de vodka al dia, el meu novio d’ara m’ha portat 80%, vols 80%? Beus un got i t’ho neteja tot per dins, jo necessite beure, saps? per a oblidar-me de tot açò, estan tots locos ací, no vull viure més ací... tots locos, tots locos..."

“Dona’m una botella d’alcohol i el dilluns quan baixe al poble te’n compre una.” Intente explicar-li que no en tinc, li dic que no em queda alcohol en casa, només una botella de vi i un parell de cerveses,“bah, cervesa? jo? No, no... però jo sé que tens alcohol en casa, t’ho veig en els ulls, vull una botella d’alcohol pur, et promet que el dilluns te’n compre una”. Confesse que al congelador em queda una botelleta amb un licor suís que ens regalaren, però ella diu “bah, això de pera? jo? No, no... se m’ha acabat l’alcohol 80% que em portà el meu novio, no tens res?” Té cinquanta anys, cambrera de tota la vida i ahir deixà la feina. Ara, diu, me’n vaig a Tampere. Ha viscut sempre en Lapònia però fa uns mesos es va fer un novio de Tampere i diu que ara vol ciutat. I ahir va deixar la feina, i dijous se n’anirà i per això des d’ahir fins al dijous vaig en un núvol de Koskenkorva. Perquè s’hem de despedir.

Vesprades a casa front al televisor, ell deia “normal life, normal life” mirant vídeos de nits en el bar que tenia en Alemanya o culs de xicones del Carib, tornava a omplir-se el got de vodka, havia de compartir cabanya amb una dona finlandesa a punt de jubilar-se que ni parla anglés ni alemà ni res i que un dia el trobà amb un cigarret encés borratxo perdut dormint damunt del sofà i intentà despertar-lo i ell comença a xillar i xillar i xillar i ella anà a buscar a l’altra finlandesa que treballa al lodge però que des d’ahir ja no treballa i aquella estava també borratxa a la seua cabanya i borratxa perduda anà i Frank deia “VAIG A MATAR A TOTS ELS FINLANDESOS!!! VAIG A MATAR A TOTS ELS FINLANDESOS!!!”

“No m’agrada que vages a beure amb Teija, un dia et trobaré congelada per ahi perquè t’hauràs caigut tornant a casa... no m’agrada que els gossos et vegen quan beus... no m’agrada que hi haja alcohol a casa, no hi haurà més alcohol a casa d’ara en avant, res de res... Una botella de vi de quan en quan, alguna cervesa si vols... però res més, tens alguna botella amagada? Segur que tens alguna botella amagada... preguntaré si beus mentre jo no estic ací... Borratxos, tots són uns borratxos, és contagiós, donen pena, donen pena tots...”

Ell buscava altra cabanya, però va acabar en la d’uns clients. Cridava a la porta xillant... anava en calçotets però la panxa li’ls tapava. Li havien desaparegut cinc botellins de whisky, sabia qui li’ls havia furtat,. És que no es pot viure ací sense cotxe amb que baixar al poble a comprar més alcohol... és que no es pot, em diu la que li va furtar el whisky, no es pot viure ací sense alcohol. Ja ho voràs, ja.

Altra companya ha decidit que quan acabe la temporada d’hivern se’n va. “Torne a Alemanya”. Va vindre ací per córrer, pels gossos, quan en tenia vint-i-nou anys. No puc més, diu.
- Tinc trenta-vuit anys, quatre gossos que estan massa vells, dos gats, tres avorts i un ex amb cirrosi.

L’espiral del Koskenkorva i el fred i l’obscuritat i la tristesa inherent a estes terres. Es parla molt de l’alt consum d’alcohol al nord, però cal estar ací per a entendre-ho. Tinc una història de vòmits i gots trencats de cadascun dels dies, baralles amb ganivets i destrals, punyades i abraçades després, un rosari de cares arrasades per la ressaca cada matí des de que vaig aplegar. Les vesprades quan faig el camí que porta des de les gosseres fins al meu bosc, veig a les cabanyes llums enceses, i darrere hi ha les vides que el temps ha desfet i a les que només el 80% esborra la memòria. Al remat, tots estem ací per a oblidar.





“Cuando la fortuna les sonríe, beben. Cuando la buena suerte les da la espalda, beben con la esperanza de que vuelva a sonreírles. Y si al final resulta que la fortuna no fue tal, sino todo lo contrario, beben para olvidar. Si encuentran a un amigo, beben. Y si riñen con un camarada y pierden su amistad, también beben. Si sus amantes les son fieles, necesitan celebrar esa felicidad bebiendo. Si son engañados, o si pierden el cariño de ellas, beben no para celebrarlo sino para acabar con el sufrimiento ocasionado por la pérdida de tal amor. Y si no tienen nada, absolutamente nada que hacer, nada con lo que entretenerse, beben sabedores de que cuando se hayan metido unos cuantos tragos, una cantidad suficiente de tragos, mágicas visiones aparecerán en su mente y con ello podrán ocupar sus manos en lo que les venga en gana.”

Jack London. John Barleycorn

"Deberías beber más... ¿no bebes porque después él se enfada? Franceses... deberías buscarte un hombre finlandés, un hombre de Laponia, un granjero de renos, sí... ellos sí que saben beber, mi exmarido y yo nos bebíamos una botella de vodka al día, mi novio de ahora me ha traído 80%, ¿quieres 80%? Bebes un vaso y te lo limpia todo por dentro, yo necesito beber ¿sabes? para olvidarme de todo esto, están todos locos aquí, no quiero vivir más aquí... todos locos, todos locos..."

“Dame una botella de alcohol y el lunes cuando baje al pueblo te compro una”. Intento explicarle que no tengo, le prometo que no me queda alcohol en casa, sólo una botella de vino y un par de cervezas, “bah, ¿cerveza? ¿yo? No, no... pero yo sé que tienes alcohol en casa, te lo veo en los ojos, quiero una botella de alcohol puro, te prometo que el lunes te compro una”. Confieso que en el congelador me queda una botellita con un licor suizo que nos regalaron, pero ella dice “bah, ¿eso de pera? ¿yo? No no... se me ha acabado el alcohol 80% que me trajo mi novio, ¿no tienes nada?”. Tiene cincuenta años, camarera toda su vida, y ayer dejó el trabajo. Ahora, dice, me voy a Tampere. Ha vivido siempre en Laponia pero hace unos meses se hizo un novio de Tampere y dice que ahora quiere ciudad. Y ayer dejó el trabajo, y el jueves se irá y por eso desde ayer hasta el jueves voy en una nube de Koskenkorva. Porque tenemos que despedirnos.

Tardes en casa frente al televisor, él decía “normal life, normal life” mirando videos de noches en el bar que tenía en Alemania o culos de chicas del Caribe, volvía a llenarse el vaso de vodka, tenía que compartir cabaña con una mujer finlandesa a punto de jubilarse que ni habla inglés ni alemán ni nada y que un día se lo encontró con un cigarrillo encendido borracho perdido durmiendo encima del sofá e intentó despertarlo y él empezó a chillar y chillar y chillar y ella fue a buscar a la otra finlandesa que trabaja en el lodge pero que desde ayer ya no trabaja y ella estaba también borracha en su cabaña y borracha perdida fue y Frank decía “¡¡¡VOY A MATAR A TODOS LOS FINLANDESES!!! ¡¡¡VOY A MATAR A TODOS LOS FINLANDESES!!!”

“No me gusta que vayas a beber con Teija, un día te encontraré congelada por ahí porque te habrás caído volviendo a casa... no me gusta que los perros te vean cuando bebes... no me gusta que haya alcohol en casa, no habrá más alcohol en casa de ahora en adelante, nada de nada... una botella de vino de vez en cuando, alguna cerveza si quieres... pero nada más, ¿tienes alguna botella escondida? Seguro que tienes alguna botella escondida... preguntaré si bebes mientras yo no estoy aquí... Borrachos, son todos unos borrachos, es contagioso, dan pena, dan pena todos...”

Él buscaba otra cabaña, pero acabó en la de unos clientes. Llamaba a la puerta chillando... iba en calzoncillos pero la barriga se los tapaba. Estábamos a treinta grados bajo cero, eran las tres de la mañana... Le habían desaparecido cinco botellines de whisky, sabía quién se los había quitado. Es que no se puede vivir aquí sin coche con el que bajar al pueblo a comprar más alcohol... es que no se puede, me dice la que le le quitó el whisky, no se puede vivir sin alcohol, ya lo verás, ya.

Otra compañera ha decidido que cuando acabe la temporada de invierno se va. Vuelvo a Alemania. Vino aquí por correr, por los perros, cuando tenía veintinueve años. No puedo más, dice.
- Tengo treinta y ocho años, cuatro perros demasiado viejos, dos gatos, tres abortos y un ex con cirrosis.

La espiral del Koskenkorva y el frío y la oscuridad y la tristeza inherente a estas tierras. Se habla mucho del elevado consumo de alcohol en el norte, pero hay que estar aquí para entenderlo. Tengo una historia de vómitos y vasos rotos para cada uno de los días, peleas con cuchillos y hachas, puñetazos y abrazos después, un rosario de caras arrasadas por la resaca cada mañana cuando me levanto desde que llegué. Las tardes en que hago el camino que lleva desde las jaulas de los perros hasta mi bosque, veo en las cabañas luces encendidas, y detrás están las vidas que el tiempo ha deshecho y a las que sólo el 80% borra la memoria. Al final, todos estamos aquí para olvidar.

diumenge 9 de gener de 2011

Pensaments front a un forat en el gel

La peixca en gel no és activitat per a impacients, menys encara en estos moments de l’hivern, amb poquíssimes hores de llum, i menys encara amb l’oratge que ens està fent últimament. Passar-se hores sentat o plantat al mateix lloc, mirant a través d’un foraet al gel a vint-i-tants graus baix zero, esperant sentir al final del fil el mos del peixet, pot destrossar-li els nervis a qualsevol. Desconec en què s’ompli la ment la resta de gent que fa açò, si pensen en alguna cosa, o si se’ls queda el cervell com el paisatge que els rodeja, en blanc del tot, o si parlen amb la neu, o ves a saber. Fins i tot quan un va a peixcar en companyia, un fa un forat a un lloc i l’altre el fa suficientment lluny com per a que siga impossible parlar-se, i qualsevol cosa que implique moviment dels dits (he pensat a voltes en portar-me un llibre) és impossible: amb una mà has de subjectar la canya, i les dos les tens dins d’unes calentes manyoples que fan impossible passar pàgines. Sempre et queda anar llevant-te-‘n una cada volta que necessites passar fulla, però ni és còmode ni és agradable, perquè sí, fa MOLT de fred.

En el meu cas, i llevat d’algun moment en que se m’acosten massa els gossos al foraet i em fa por que s’enreden en el fil o li he de pegar patà a algun que intenta menjar-se l’esquer, em dedique a –tot mentalment i sense menejar un múscul- fer la llista de la compra, o a canviar la distribució dels quatre mobles de casa, calfar-me el cervell amb els plans i les possibilitats del futur, o demananr-li a Nostro Senyor que algun peix pique d’una puta volta, sí, això és el que més faig, em concentre com si fóra Gokü fent un Kame Hame Ha, i murmure aixina baixet “va perfaa que pique algunooo va perfaaa que pique algunooo, vaa perfaaaa que pique algunoooo hòstiajaputospeixosfinlandesosjodeeeer” durant hores i hores i hores, a voltes amb èxit, a voltes sense, el que la meua escassa resistència a la frustració no pot suportar, posant-me d’una mala llet èpica que només se me passa amb una bona i llarga –hores- sessió de sauna amb tots els extres (xocolate calentet, cervesetes, llonganisses torrades a les pedres, vodka, banyets al forat al llac, revolcons a la neu, flagel•lar-se amb rames, bona conversa....).

Esta volta també vaig pensar que algun dia en algun moment de la meua vida vaig tindre un blog al que no dedique tot el temps que voldria, i em vaig escriure –mentalment, ja dic- una vintena de posts al cap, amb tot allò que voldria dir sobre ací, sobre açò, THIS IS LAPLAND, MY FRIEND!, però no tinc minuts en les hores per a dir més que açò que estic ara mateixa diguent.







La pesca en hielo no es actividad para impacientes, menos aún en estos momentos del invierno, con poquísimas horas de luz, y menos aún con el tiempo que nos está haciendo últimamente. Pasarse horas sentado o de pie en el mismo sitio, mirando a través de un agujerito en el hielo a veintitantos grados bajo cero, esperando sentir al final del hilo el mordisco del pececito, puede destrozarle los nervios a cualquiera. Desconozco con qué se llena la mente el resto de gente que hace esto, si piensan en alguna cosa, o si se les queda el cerebro como el paisaje que les rodea, en blanco del todo, o si hablan con la nieve, o vete a saber. Incluso cuando uno va a pescar en compañía, uno hace una agujero en un sitio y el otro lo hace suficientemente lejos como para que sea imposible hablarse, y cualquier cosa que implique movimiento de los dedos (he pensado a veces en llevarme un libro) es imposible: con una mano tienes que sujetar la caña, y las dos las tienes dentro de unas calientes manoplas que hacen imposible pasar páginas. Siempre te queda ir quitándote una cada vez que necesitas pasar página, pero ni es cómodo ni es agradable, porque sí, hace MUCHO frío.

En mi caso, y quitando algún momento en que se me acercan demasiado los perros al agujerito y me da miedo que se enreden en el hilo o le he de meter patada a alguno que intenta comerse el cebo, me dedico a –todo mentalmente y sin mover un músculo- hacer la lista de la compra, o a cambiar la distribución de los cuatro muebles de casa, calentarme los sesos con los planes y las posibilidades de futuro, o pedirle a Nuestro Señor que algún pececito pique de una puta vez, sí, eso es lo que más hago, me concentro como si fuera Gokü haciendo un Kame Hame Ha, y murmuro así bajito “va porfaa que pique algunoo, va porfaaa que pique algunoooo, vaaaa porfaaa que pique algunooooo hostiayaputospecesfinlandesesjodeeeeeeer” durante horas y horas, a veces con éxito, a veces sin, lo que mi escasa resistencia a la frustración no puede soportar, poniéndome de una mala leche épica que sólo se me pasa con una buena y larga –horas- sesión de sauna con todos los extras (chocolate calentito, cervecitas, salchichas asadas en las piedras, vodka, bañitos en el agujero en el lago helado, revolcones en la nieve, flagelarse con ramas, buena conversación...)

Esta vez también pensé que algún día en algún momento de mi vida tuve un blog al que no dedico todo el tiempo que quisiera, y me escribí –mentalmente, ya digo- una veintena de posts en la cabeza, con todo aquello que querría decir sobre aquí, sobre esto, THIS IS LAPLAND, MY FRIEND!, pero no tengo minutos en las horas para decir más que esto que estoy ahora mismo diciendo.