“- Sabino Arana nos enseñó el camino- dice ama.
- Bueno, vamos a ver si lo entiendo... ¿Quiere usted decir que Sabino Arana quería que fuéramos republicanos?- dice Román.
- Hijo, tú has acabado siendo un buen vasco, pero antes eras otra cosa. Nada tenemos contra los que vienen de fuera y acaban pidiendo el carné del Partido..., tú eres un buen ejemplo. Aunque es demasiado exigirles que sean vascos hasta el punto de comprender todo lo que ha de hacerse en tiempos difíciles –dice ama.
- Verdaderamente, no es sencillo de entender, doña Cristina, pues aquí me tiene usted ocultándome de nuestros nuevos amigos para salvar el pellejo. Y habrá que aconsejar a don Camilo que haga lo mismo –dice Román.
- Ese hombre no tiene nada que ver con nosotros, dejó de ser vasco hace mucho tiempo –dice ama.
- Pues a él y a mí esos rojos revolucionarios nos perseguirán por ser, según sus locas doctrinas, capitalistas explotadores..., de manera que ya tenemos algo en común –dice Román.
- ¡Los vascos nunca fuimos ni somos explotadores de nadie! Mis obreros me quieren, yo misma les puse un sindicato. Mis obreros nunca pensarán en revoluciones. ¿Al cabo de treinta años de gestor de todo lo mío aún no sabes que mis asuntos no tienen ni un solo punto en común con los de ese hombre que acabas de nombrar? Me desilusionas –dice ama.
- No, no es fácil de entender, doña Cristina. Ni desde el punto de vista del empresario ni desde el del vasco. Debe ser cosa de nacimiento.”
“Esa gente dice que la lengua vasca es el alma del vasco. ¡Trágico y peligroso! Vamos a ver: un pueblo usa una lengua sólo para entenderse. ¿Qué fue primero, la palabra eguzki o la idea de sol? La idea es lo primero, lo segundo, la palabra. El alma de un pueblo debe estar en el propio pueblo, no en la lengua que ha ido inventando, ni en una estatua de oro o plata. En la cárcel estuve con un vasco leído que hablaba de estas cosas, y como allí había tiempo para pensar, pues yo le daba vueltas a la cabeza y luego le decía: “Eh, quieto parao, eso de que el euskera...” y se me revolvía como un gato. Me decía que cada palabra, cada sílaba o letra del euskera era parte del alma vasca, que si el vasco cambiase de lengua cambiaría de manera de pensar, que mientras el euskera exista el euskera existirá Euskadi. Por eso se ponía tan melancólico al recordar la persecución de Franco a todo lo vasco, especialmente al euskera. Yo no entendía cómo los vascos pensaban eso de su idioma siendo tan amantes de la libertad.”
“No sé si todavía puedo ofrecerte pan con chocolate. Quiero decir que no sé...
La merienda de los niños. ¿A qué edad se deja de merendar pan con chocolate? ¿Quién lo decide?, ¿la madre?, ¿el niño? Ni siquiera a mi edad de entonces recordaba yo cómo ni en qué momento había ocurrido aquel destete.”
“- Han matado a uno de los anarquistas. Le torturaba la policía para que denunciara a sus compañeros y murió al negarse a dar nombres y direcciones. Yo también lo conocía, se llamaba Celedonio.
- ¿Era vasco? –preguntó Joseba.
- ¿Qué importa de dónde fuera?... No, era asturiano.
Joseba torció la boca.
- Son pocos y aún siguen luchando contra Franco –añadí-. Están solos, pero son de piedra. Los persiguen como a ratas y acabarán con todos. ¿Por qué son tan fuertes?
- O tan locos –dijo Perico Orejas-. Franco ganó y ahora su gentuza vigila hasta lo que cagamos.
- Así que asturiano, ¿eh? –dijo Petaca-. ¿Por qué hostias no se van a su tierra a hacer de Tom Mix? ¡Que no nos jodan!
- ¿Por qué se van a ir a su tierra si ellos son de todas las tierras?- exclamé-. Su revolución vale para todas las tierras.
- ¿Nos estás echando en cara que esos anarquistas tienen más cojones que nosotros? –profirió Petaca.
- No, se trata de otra clase de fuerza –dije.
- El bote, el bote –recordó Juanto, deslizando con la mano libre el estorbo del pulpo sobre la quilla hacia popa.
- Aún no lo tengo claro, pero pienso que ellos luchan por una libertad distinta –dije a media voz.
- Sólo hay una libertad y los únicos que saben cómo es son los que la han perdido, como nosotros –dijo Perico Orejas.
- ¡Vagancia gorda habéis traído hoy! –denunció Juanto.
- La libertad de la tierra vasca –respondí a Perico Orejas, él asintió y yo proseguí-: Ellos combatieron en muchas partes de España, sin importarles qué tierra era.
- ¡Gitanos! –despreció Petaca.
- No, no son gitanos. Buscan algo que vale para cualquier tierra... Bueno, sí, en cierto modo pueden llamarse gitanos: no tienen patria.
- ¿Cómo se puede vivir sin patria? –preguntó Joseba.
- Ellos dice que la persona está por encima de la patria.”
“- ¿Te crees anarquista porque te han contado cuatro jodidas mentiras y has leído cuatro jodidos libros? –lanzó Petaca.
- Todos somos anarquistas, unos sabiéndolo y otros no. Es más fácil de lo que pensáis. Somos anarquistas desde que nacemos. ¿Quién no sueña con ser libre?”
“Cuando los faros de los jeeps llegaron a los tamarises de la espalda de la playa, se alinearon, y los caños de luz convirtieron a Kresa en la criatura más desvalida del mundo. El silencio de la noche apenas fue alterado por los dum-dum de las metralletas. Cuando el rostro de don Manuel se abandonó a la gravedad de la tierra, esta vez no acabó su caída en la almohada de sus brazos cruzados sino en un tapiz de yerba y árgoma.
Entonces comprendí que me había estado pidiendo que dijese lo que él no se atrevía a pensar.
- Su patria no era la jodida Euskadi sino esta jodida playa, Arrigúnaga. Lo descubrió en plena galopada. ¡Quién sabe qué conmociones tocaron lo más profundo de su ser! Sintió que su patria era este humilde rincón del mundo al que tanto debía por haber recibido tanto de él. Antes, el mensaje se loo habían transmitido las voces de la tribu; ahora, nadie le habló. Se libró de las viejas ataduras. Y pienso que, en este segundo tramo de su carrera de liberación, ni una sola vez se le ocurrió llamar patria a esta playa que le formó y le permitió ser él mismo...
- Calla, blasfemo.
- ¿No me pidió usted que fueran mis palabras las que proclamaran todo esto?
- Sí, pero, ¿por qué no lo dices todo?
- ¿Todo?
- Sí, que Kresa, en las últimas horas, fue otro jodido anarquista como tú.”
Ramiro Pinilla. Las cenizas del hierro. Última part de la trilogia Verdes valles, colinas rojas.