dilluns 6 de desembre de 2010

Per què no llegir literatura de viatges

Programava, fa uns mesos, un viatge a Nepal. Els plans per a quan la temporada d’estiu s’acabara estaven clars: uns mesos per aquelles terres, i després... després ja voríem. Les circumstàncies posaren rumb a altres contrades i això és altra història, però durant uns dies Nepal estigué present en les hores lliures a Turtagrø, en converses sobre els futurs possibles i en forma de llibres en eixe raconet del que parlava fa poc, la tauleta de nit, que allà no era més que la maleta buida encaixà de miracle entre la llitera i la paret de la meua habitació. Vaig dir que a l’hora de documentar-me sobre un lloc a visitar, preferia les novel•les a les guies, la literatura al pur acumulament de dades i adreces de una guia convencional. Pos bé, em desdic de tot això; no pense tornar a pillar un llibre de viatges, tot i no tindre massa clar com acotar el que és literatura de viatges i el que no. Abreviant, ho deixaré en que és aquella que apareix als puestos on venen llibres a una prestageria on un cartellet diu "literatura de viatges". I prou, i no en vull vore més!

Setmanes enrere, parlant amb un amic sobre el que ell estava llegint, El leopardo de las nieves, de Peter Matthiessen, sorgia a la conversa la influència que tenia en nosaltres la literatura sobre un lloc al que preteníem anar; òbviament, i encara que intentàrem no deixar-nos influenciar massa i vullguem mantindre la distància entre el que sabíem i el que ens trobem, la vista la tenim ja contaminada i cal una bona dosi de realitat per a ser, de nou, verge front a un paisatge, una gent, una cultura. Quan a La vida errante, sobre els seus viatges en veler pel Mediterrani, Guy de Maupassant parla de Venècia, explica esta relació entre el que hem llegit, com això se’ns ha instal•lat en la imaginació i ens hem anat montant la nostra pel•lícula, i com, finalment i ja al lloc que tant hem desitjat, eixa pel•lícula prèvia es fon amb la realitat:

“Al hombre que vaga por el mundo le resulta prácticamente imposible no mezclar su imaginación con la visión de la realidad. Se acusa a los viajeros de mentir y de engañar a quienes les escuchan. Pero no mienten, no, lo que ocurre es que observan mucho más con el pensamiento que con la mirada. Basta con una novela que nos haya fascinado, con veinte versos que nos hayan emocionado, con un cuento que nos haya cautivado, para disponernos al singular lirismo de los aventureros, y cuando estamos excitados de este modo, aun desde la distancia, por el deseo de un lugar, nos seduce de manera irresistible. (...) El hombre que ha leído, que ha soñado, que conoce la historia de la ciudad en la que se adentra, que está imbuido de todas las opiniones de quienes le han precedido, arrastra consigo esas impresiones casi completamente formadas; ya sabe qué hay que amar, qué hay que despreciar, qué hay que admirar.”

Recentment vaig acabar amb Diario de un lobo, de Mariusz Wilk, un periodista polonés que visqué durant anys a les Solovki, un arxipèlag al mar Blanc que en temps de Lenin fou camp de treball i presó, i que en l’actualitat és, a més de destí turístic, llar de penjats i personatges de tot pelatge, dispostos a aguantar els hiverns sota zero a base de vodka. Ara que he firmat un contracte de feina un parell de graus més al nord –i a massa quilòmetres de Rússia, no com l'hivern passat quan encara la vaig aplegar a xafar- que hem tindrà lligada, pel moment, fins al vint-i-cinc d’abril, i per tant amb la possibilitat de qualsevol viatge molt llunyana –inclús després d’abril, qui sap quan podrà ser-, em consola que l’entusiasme que ara mostre per anar a aquell lloc desapareixerà prompte en quant altre llibre, altra fotografia, d'altre lloc, em caiga a les mans. O qui sap, potser no.

“Igual que hace años el glaciar trajo consigo piedras, así hoy la vida arrastraba a este lugar todo tipo de desechos humanos: a los soñadores, a los idiotas, a los poetas, a los outsiders, a los fracasados, a los descarrilados, a los místicos, a los parásitos y a los fugitivos. La vida los azotaba, los maltrataba y los arrojaba cada vez más y más lejos de la corriente principal y mayoritaria, para que, un día, se despertaran... aquí, sobre estas piedras que sobresalen del mar Blanco. Entonces descubrirían sorprendidos que ya era imposible encontrarse más lejos, que estaban en el límite de todo.”




Programaba, hace unos meses, un viaje a Nepal. Los planes para cuando la temporada de verano acabara estaban claros: unos meses por aquellas tierras, y después... después ya veríamos. Las circunstancias pusieron rumbo a otras tierras y esa es otra historia, pero durante unos días Nepal estuvo presente en las hora libres en Turtagrø en conversaciones sobre los futuros posibles y en forma de libros en ese rinconcito del que hablaba hace poco, la mesita de noche, que allá no era más que la maleta vacía encajada milagrosamente entre la litera y la pared de mi habitación. Dije que a la hora de documentarme sobre un lugar a visitar prefería las novelas a las guías, la literatura a la pura acumulación de datos y direcciones de una guía convencional. Pues bien, me desdigo de todo eso; no pienso volver a coger un libro de viajes, aunque no tenga demasiado claro cómo acotar lo que es literatura de viajes y lo que no. Abreviando, lo dejaré en que es aquella que aparece en los sitios esos donde venden libros en una estantería donde un cartelito dice “literatura de viajes”. Y punto, ¡y no quiero ver más!.

Semanas atrás, hablando con un amigo sobre lo que él leía, El leopardo de las nieves, de Peter Matthiessen, surgía a la conversación la influencia que tenía en nosotros la literatura sobre un lugar al que pretendíamos llegar; obviamente, y aunque intentáramos no dejarnos influenciar demasiado y quisiéramos mantener la distancia entre lo que sabíamos y lo que nos encontramos, la vista la tenemos ya contaminada y es necesaria una buena dosis de realidad para ser, de nuevo, vírgenes frente a un paisaje, una gente, una cultura. Cuando en La vida errante, sobre sus viajes en velero por el Mediterráneo, Guy de Maupassant habla de Venecia, explica esta relación entre lo que hemos leído, cómo eso se ha instalado en nuestra imaginación y nos hemos ido montando nuestra película, y cómo finalmente y ya en el lugar que tanto hemos anhelado, esa película previa se confunde con la realidad:

“Al hombre que vaga por el mundo le resulta prácticamente imposible no mezclar su imaginación con la visión de la realidad. Se acusa a los viajeros de mentir y de engañar a quienes les escuchan. Pero no mienten, no, lo que ocurre es que observan mucho más con el pensamiento que con la mirada. Basta con una novela que nos haya fascinado, con veinte versos que nos hayan emocionado, con un cuento que nos haya cautivado, para disponernos al singular lirismo de los aventureros, y cuando estamos excitados de este modo, aun desde la distancia, por el deseo de un lugar, nos seduce de manera irresistible. (...) El hombre que ha leído, que ha soñado, que conoce la historia de la ciudad en la que se adentra, que está imbuido de todas las opiniones de quienes le han precedido, arrastra consigo esas impresiones casi completamente formadas; ya sabe qué hay que amar, qué hay que despreciar, qué hay que admirar.”

Recientemente acabé con Diario de un lobo, de Mariusz Wilk, un periodista polaco que vivió durante años en la Solovki, un archipiélago en el mar Blanco que en tiempos de Lenin fue campo de trabajo y cárcel, y que en la actualidad es, además de destino turístico, hogar de colgados y personajes de todo pelaje, dispuestos a aguantar los inviernos bajo cero a base de vodka. Ahora que he firmado un contrato de trabajo un par de grados más al norte –y a demasiados kilómetros de Rusia, no como el invierno pasado cuando aún llegué a pisarla- que me tendrá ligada, de momento, hasta el veinticinco de abril, y por tanto con la posibilidad de cualquier viaje muy lejana –incluso después de abril, quién sabe cuándo podrá ser- me consuela que el entusiasmo que ahora muestro por ir a ese lugar desaparecerá pronto, en cuanto otro libro, otra fotografía, de otro lugar, me caiga en las mano. O quién sabe, quizá no.

“Igual que hace años el glaciar trajo consigo piedras, así hoy la vida arrastraba a este lugar todo tipo de desechos humanos: a los soñadores, a los idiotas, a los poetas, a los outsiders, a los fracasados, a los descarrilados, a los místicos, a los parásitos y a los fugitivos. La vida los azotaba, los maltrataba y los arrojaba cada vez más y más lejos de la corriente principal y mayoritaria, para que, un día, se despertaran... aquí, sobre estas piedras que sobresalen del mar Blanco. Entonces descubrirían sorprendidos que ya era imposible encontrarse más lejos, que estaban en el límite de todo.”

16 comentaris:

Allau ha dit...

Pot llegir llibres de viatges a llocs on no pensa anar-hi mai. Però jo diria que tota la literatura és, d'una o altra forma, literatura de viatges.

Corpi ha dit...

A mi la literatura de viatges és de les que més m'agraden. Com per desgràcia no tinc disponibilitat per viatjar i m'agradaria molt poder-ho fer, potser per això que intente anar a eixos llocs a través dels llibres. Puc presumir d'una acceptable biblioteca de llibres de viatges, i de tan en tan barretge entre les darrerament escasses lectures, un llibre de viatges. Sense anar més lluny ahir en vaig acabar un: Bajo un cielo azul cobalto, sobre l'oest del Mongòlia, als monts Altaïr, un lloc fascinant que m'agradaria visitar, però com sé, que si no em toca la loteria, serà quasi impossible anar-hi, doncs em conforme amb llegir llibres i veure documentals. Vosté, que no s'aconforma com jo, vaja, viatge, i conte-ho.

Judith ha dit...

I hi ha qui l'única forma que te de vore el mon és a través de la literatura de viatges. Com és el meu cas.
Salutacions.

Allau ha dit...

El comentari de Corpi m'ha entendrit. Com ell diu, compti-ho!

argos ha dit...

de la literatura de viatges jo crec que soles mola escriure-la. Llegir-la sols val per a caure en la trampa i després en desdir-se.

Xotxe ha dit...

Cada llibre es un viatge.Cada pensament, amb po sense moviment podem recorrem el mon, o potser d´altres.Clarament no es el mateix. Viatja lluny i després escriu el que has vist amb els teus ulls o sense ells.

Anònim ha dit...

Hòstia, quins collons, un blog bilingüe!!
Al més pur estil ciudadanos!!!

HAHHAHAHAHAHAHA!!

Tot i que les cites només estan en patranyol eeeh!

Wanderlust ha dit...

Jo sí que solc llegir-ne de tant en tant i sobretot de llocs on segur no aniré mai. El darrer, fascinant ha estat Memorias del ártico, Mi vida con los innuit de James Houston; compartir, llegint-la, una llarga estància amb aquesta noble ètnia... et canvia el concepte de la teva existència.

Lluís Bosch ha dit...

La neurologia va descobrir fa poc que s'activen les mateixes zones del cervell quan veiem una imatge que quan la imaginem o la recordem. D'alguna manera, no distingim entre la imatge "real" i la "imaginària". Jo de vegades dubto si he estat en un lloc o no, pel fet d'haver-ne llegit literatura "de viatges". Pel que veig Maupassant ho havia intuït. De tota manera, algun factor ens permet distingir. I llavor, els paisatges que apareixen als somnis...?

Comtessa d´Angeville ha dit...

Allau, pense justament això, que tota la literatura és d'una o altra manera de viatges,,, i parar de llegir?

Corpi, bonico lo que diu, mentre puga contar-se, es contarà! Però tot són excuses, voler és poder.

Judith, et dic el mateix que a Corpi. Això de "l'única manera" queda molt dràstic.

Argos, pues a mi escriure-la no m'agradaria, m'ho passe millor llegint-la.

Xotxe, correcte, cada llibre és un viatge... però preferisc els que es fan fóra del paper.

Anònim, si tingueres collons de no ser anònim, encara em pararia a contestar-te i explicar-te quatre coses, però aixina l'únic que puc dir-te, i ja és massa, és VESTE'N A FER LA MÀ.

Wanderlust, que l'Àrtic està més a prop del que sembla! Mai no diga mai!

Lluís, els paisatges dels somnis nostres els hem vist en la tele i en les pel·lícules i en les fotos i tot això, i quan no hi havia res d'això AMB QUINS PAISATGES ENSOMIAVA LA GENT??

en Girbén ha dit...

Hui, Comtessa, correu per uns extrems literaris dels quals en tinc notícies.
No sóc -gens- dels que perden el seny per aquesta mena de relats; ans el contrari, als que m'arriben, m'hi encaro darrera una muralla de "peròs" que ben pocs aconsegueixen superar: Després de la magnitud polar del Nansen que no em vingui ara un sobrevingut patrocinat amb hòsties! (Vostè m'entendrà.)
Sols respecto la vàlua d'alguns pocs: la del preciós mentider Chatwin; la del revelador Kapuscinski; l'alegria equatorial del Barley, els regnes perduts del Peissel...
I és que ja no ens queda món per a noves Alexandres David-Néel!

J. ha dit...

Ara ja no sóc anònim i sí que tinc collons, explica'm quatre coses, siusplau.

Comtessa d´Angeville ha dit...

J. continues sent anònim

J. ha dit...

Ja surt el compte de correu al meu perfil.

Comtessa d´Angeville ha dit...

Anem a vore, ANÒNIM, no em faja perdre el temps, va.

J. ha dit...

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

sóc tant anònim com tu ciudadano.