diumenge 4 d’abril de 2010

Cròniques pasqüeres: ant al forn

Ell no toca al timbre quan ve, ell entra saludant a crits i el gest no li canvia si et troba dormint, o en bragues o nueta, ell només entra a la cuina, s’assenta, parla o intenta parlar sense que pugues entendre-li més de dos paraules seguides, t’abraça, et deixa una bolssa damunt la taula i se’n torna per on ha vingut. I tu t’assomes a la finestra per a assegurar-te de que enfila amb el cotxe pel camí que porta a la carretera sense estavellar-se contra algun arbre, dones gràcies de que visca a prop i obris la bolssa i veus el tros de carn sanguinolenta, obscura, que encara fa olor de bosc, i l’enrotlles bé i escrius la data i la guardes al congelador esperant el dia propici per a menjar-la. Ell és un dels meus veïns, en eixe nou concepte de veïnat que tinc ara i que em permet utilitzar la paraula veí per a nomenar a algú que pot viure a deu quilòmetres d’ací.

Dijous nit vam traure l’últim tros de carn que havia portat i divendres de matí nedava en el plat fet piscina plena d’aigua rogenca al banc de la cuina. Era d’un ant que havia caçat en l’última de les batudes autoritzades per a carregar-se a una sobrepoblació que realment no ho és tant, però llevar-se’n alguns de damunt evita, diuen, part dels accidents que cada any deixen molts ants morts a les carreteres, molts cotxes destrossats i només, rara ocasió, alguna persona que ja no s’alça de l’asfalt. Tanmateix, a ell li la bufen prou temporades, cotos o restriccions del tipus que siguen: quan té ganes pilla l’escopeta i als gossos i tira al que li ve en gana.

Marjo, la seua dona, espera, l’espera, sentada en casa al costat del fill que no creix ni es meneja ni parla, que està a la cadira quiet i que constantment regalima bava per la comissura dels llavis. I ella s’alça, li la torca delicadament amb un mocador, i continua esperant el soroll del motor del cotxe, el lladrar dels gossos, l’enorme cos d’ell entrant i besant-la amb alé a alcohol. El seu és, d’alguna manera, un feliç estoïcisme –els he vist somriure més del que es podria imaginar- que té poc a vore amb el d’altres veïns que miren al cel sense demanar-li res, ni un gram de compassió, a eixe Déu pel que es creuen vigilats, a qui creuen que deuen la vida. Marjo em diu que no creu en Déu, que ja ni les dones de la secta que van per les cases deixant bíblies a la recerca de nous adeptes s’atrevixen ja a cridar al seu timbre. “Jo no crec en Déu i vosaltres deurieu deixar de fer-ho” els va dir l’última volta. No han tornat a molestar-la.

La secta no és una secta pròpiament dita però el seu caràcter sectari és ben evident. La branca més conservadora del laestadianisme, dins de l’església luterana, té una forta implantació en esta zona i els seus membres són fàcils de reconéixer. Les dones aparenten tindre vint anys més dels que realment tenen, estan permanentment embarassades des de que es casen fins a que el cos no dona més de sí, aixina no és estrany que amb poc més de quaranta anys una acumule ja la xifra de catorze criatures; tenen prohibida l’utilització de mètodes anticonceptius com tenen prohibits els bars i la televisió i ballar i una innumerable llista que posa els pèls de punta. Marjo em conta d’un matrimoni que van ser pares per sisena volta fa poc: sabien de les greus malformacions del fetus des del principi però avortar no els està permés, el xiquet va nàixer sense cames i no va aplegar a viure dos dies. Marjo s’estima al seu fill més que a qualsevol altra cosa, però per això mateix que se l’estima tant diu que si haguera pogut triar haguera preferit que ell no naixquera.

El divendres vaig fer la carn al forn, del cos d’un ant, mengeu tots d’ell, i vam derramar el vi encara que sabem no tindre salvació ni possible perdó als nostres pecats; la carn estava tendra i ben forta de gust. Alguns el calvari el pugen cada dia.


Él no llama al timbre cuando viene, él entra saludando a gritos y el gesto no le cambia si te encuentra durmiendo, o en bragas, o desnuda, él sólo entra a la cocina, se sienta, habla o intenta hablar sin que puedas entenderle más de dos palabras seguidas, te abraza, te deja una bolsa encima de la mesa y se va por donde ha venido. Y tú te asomas a la ventana para asegurarte de que enfila con el coche por el camino que lleva a la carretera sin estrellarse contra algún árbol, das gracias de que viva tan cerca y abres la bolsa y ves el trozo de carne sanguinolenta, oscura, que todavía huele a bosque, y la enrollas bien y escribes la fecha y la guardas en el congelador esperando el día propicio para comerla. Él es uno de mis vecinos, en ese nuevo concepto de vecindario que tengo ahora y que me permite utilizar la palabra vecino para nombrar a alguien que puede vivir a diez kilómetros de aquí.

El jueves por la noche sacamos el último trozo de carne que había traído y el viernes por la mañana nadaba en el plato hecho piscina llena de agua rosada en el banco de la cocina. Era de un alce que había cazado en la última de las batidas autorizadas para cargarse una sobrepoblación que en realidad no lo es tanto, pero quitarse algunos de encima evita, dicen, parte de los accidentes que cada año dejan muchos alces muertos en las carreteras, muchos coches destrozados y sólo, rara ocasión, alguna persona que ya no se levanta del asfalto. Así mismo, a él se la sudan bastante temporadas, cotos o restricciones del tipo que sean: cuando tienes ganas coge la escopeta y a los perros y tira a lo que le viene en gana.

Marjo, su mujer, espera, lo espera, sentada en casa al lado del hijo que no crece ni se mueve ni habla, que está quiero en la silla y al que constantemente cae baba por la comisura de los labios. Y ella se levanta, se la limpia delicadamente con un pañuelo, y continua esperando el sonido del motor del coche, el ladrar de los perros, el enorme cuerpo de él entrando y besándola con aliento a alcohol. El suyo es, de alguna manera, un feliz estoicismo –los he visto sonreír más de lo que cualquiera imaginaría- que tiene poco que ver con el de otros vecinos que miran al cielo sin pedirle nada, ni un gramo de compasión, a ese Dios por el que se creen vigilados, a quien creen deber la vida. Marjo me dice que no cree en Dios, que ya ni las mujeres de la secta que van por las casas dejando biblias a la búsqueda de nuevos adeptos se atreven a llamar a su timbre. “Yo no creo en Dios y vosotras deberíais dejar de hacerlo” les dijo la última vez. No han vuelto a molestarla.

La secta no es una secta propiamente dicha pero su carácter sectario es bien evidente. La rama más conservadora del laestadianismo, dentro de la iglesia luterana, tiene una fuerte implantación en esta zona y sus miembros son fáciles de reconocer. Las mujeres aparentan tener veinte años más de los que realmente tienen, están permanentemente embarazadas desde que se casan hasta que el cuerpo no da más de si, así no es extraño que con poco más de cuarenta años una acumule ya la cifra de catorce criaturas; tienen prohibida la televisión y bailar y una innumerable lista que pone los pelos de punta. Marjo me cuenta de un matrimonio que fueron padres por sexta vez hace poco: sabían de las graves malformaciones del feto desde el principio pero abortar no les está permitido, el niño nació sin piernas y no llegó a vivir dos días. Marjo quiere a su hijo más que a cualquier otra cosa, pero por eso mismo que lo quiere tanto dice que si hubiera podido elegir hubiera preferido que él no naciera.

El viernes hice la carne al horno, del cuerpo de un alce, comed todos de él, y derramamos el vino aunque sepamos no tener salvación ni posible perdón a nuestros pecados; la carne estaba tierna y bien fuerte de sabor. Algunos el calvario lo suben cada día.

6 comentaris:

Meryone ha dit...

me da miedo que alguien no pueda hacer x cosa "porque no le está permitido"

en cambio, me cae bien marjo. y el señor que trae carne de alce

hola, comtessa. hacía siglos que no pasaba por aquí

holler3 ha dit...

Tota aquesta història (sectes, fills amb malformacions, prohibicions vàries...) m'ha recordat a una amiga que he retrobat aquesta Pasqua... M'ha agradat molt aquesta casualitat.
M'encanta com escrius.

Comtessa d´Angeville ha dit...

A mí también me da miedo... de todas maneras las nuevas generaciones van saltándose las normas. Cara al verano hacen una especie de gran encuentro nacional, cada año en un lugar de Finlandia, y allá van todos a pasarse días cantándole a Dios. Hay una parte de esta zona que cuando es el encuentro ese se queda completamente vacía, y se nota en el supermercado, en las tiendecitas del pueblo, que no están... es dentro de poco y en el periódico local ha aumentado considerablemente el número de anuncios de caravanas y furgonetas en alquiler, como muchos no tienen dinero para comprar una (y para mover a la familia entera necesitan un minibús!!!) las alquilan para ir al encuentro ese, son las únicas "vacaciones" que se permiten, se pasan todo el año esperando la fehca. Pues bien, hace unos años el encuentro fue aquí, miles de laestadianistas o laestadianos o como se llamen alojados en carpas casas caravanas tiendas de campaña en esta zona... sólo un dato: a la farmacéutica del pueblo se le acabaron las cajas de preservativos y en el supermercado se agotaron las cervezas... los jovencitos iban a comprar medio a escondidas... Hay una película que se estrenó el año pasado, La fruta prohibida, de Dome Karukoski, sobre dos chicas laestadianas.

holler3 pos són casualitats que a mi no sé si m'agradarien... a mi m'ha encantat Lola, però els motius me'ls guarde per a algun dia de birres alcoianes o terrasses per Barcelona ;)

ONA ha dit...

Buenísimo!!!!
:))

holler3 ha dit...

Ok, aprofitaré les birres, siguen a on siguen, per explicar-te la gràcia de la casualitat.

Comtessa d´Angeville ha dit...

Ona y tan buenísimo el pobre alce. Me da que en volver para allá abajo me tendré que dar a la caza de ciervos y muflones.

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