diumenge 7 de març de 2010

Les rates (I)


“Són com rates acabades de nàixer però en menudet”, vaig dir en destapar un dels pots. Havíem aplegat just a les nou de la nit, hora en que tancaven, a la gasolinera de l’últim poble que hi ha abans de la cabanya on passaríem el cap de setmana. Donat l’alt número de llacs i rius de la zona, la gasolinera fa també de xicoteta tenda de peixca que en els mesos d’estiu es veu desbordada per aficionats carregats amb canyes i aparells competint per la peça més gran. Ara, només quan les condicions són bones per a la peixca en gel alguns s’aventuren a tan calmada activitat. Estos dies, però, la quantitat de neu acumulada a totes parts feia impossible no només aplegar a alguns llocs, sinó també, una volta allí, la peixca en sí.

No esperàvem que se’ns fera de nit. A migdia vaig acabar de treballar a les dos, a les tres tenia l’examen del teòric del carnet de conduir que inexplicablement vaig aprovar sense errades i una volta acabat la idea era empacar i fer camí prompte. Quan un té pressa acaba passant que passa de tot, i a un café va seguir un altre, a unes bragues perdudes van seguir uns calcetins, i era ja massa tard quan, per fi, ens trobàvem en la carretera, amb el Mean Time de The Barracudas a tothòstia, rumb a un cap de setmana en el bosc, als peus d’un llac, gaudint del merescut descans.

“D’ací no podem passar amb el cotxe, hi haurà que anar caminant els cinc o sis quilòmetres que falten.”. Ni una ànima al voltant, les paraules que esperava en un moment o en altre perquè si la carretera principal estava com estava era d’imaginar que pel caminet que portava a la cabanya no haguera passat cap màquina llevaneus des de qui sap quan. Servidora, que estava cansadíssima i només somiava en lo calentet que s’estaria dins del seu sac de dormir, va proposar oblidar el que havíem planejat i buscar un hotelet. Em trobava poc predisposada a una caminada de cinc o sis quilòmetres bosc a través, amb quatre pams de neu tova on cada passa que pegues et costa un esforç titànic, prop de les onze de la nit, amb el termòmetre baixant i vint-i-quatre cerveses a la motxilla. No m’havia donat conter i ja estava fora del cotxe amb les raquetes posades tractant d’avançar; hi ha promeses que resulten d’allò més persuasives.

Mig quilòmetre després, la derrota, era impossible. Què fer? Abans morts que tornar a casa: ens vam acostar al poble amb la idea de que alguna solució ens cauria del cel, potser algú podria llogar-nos una moto, qualsevol cosa. Al poble, pa començar, no hi havia bar. Què és un poble sense bar? Res, no és res, és poc més que un conjunt de cases, un poble sempre ha de tindre un bar perquè sense bar la gent es torna loca. La gent sempre es torna loca als llocs menuts, va dir ell. Potser, potser siga aixina, però un home treia diners al caixer automàtic i ens vam acostar i ens va donar el telèfon d’altre home. Una hora més tard tornàvem al camí on abans havíem fet mitja volta, en una moto que amablement ens va deixar l’home del que l’home al caixer ens havia donat el telèfon, a intentar-ho de nou. Prop de dos hores després, esgotats, havent hagut d’espentar la moto qui sap quantes voltes per a traure-la de la neu, aplegàvem a la cabanya. Encara hi hauria que agafar llenya, tallar-la, encendre l’estufa i esperar algunes hores per a que l’interior estiguera suficientment calent com per a llevar-nos les jaquetes. Però havíem aplegat, havíem aplegat i no tardaria en ser de dia. Obrírem les cerveses congelades, hi havia moltes coses que celebrar.


“Son como ratas acabadas de nacer pero en pequeñito”, dije cuando abrí uno de los botes. Habíamos llegado justo a las nueve de la noche, la hora a la que cerraban, a la gasolinera del último pueblo que hay antes de la cabaña donde pasaríamos el fin de semana. Dado el elevado número de lagos y ríos de la zona, la gasolinera hace también de pequeña tienda de pesca que en los meses de verano se ve desbordada por aficionados cargados con cañas y aparejos compitiendo por la pieza más grande. Ahora, sólo cuando las condiciones son buenas para la pesca en hielo, algunos se aventuran a tan calmada actividad, pero estos días la cantidad de nieve acumulada por todas partes hacía imposible no sólo llegar a algunos lugares sino también, una vez allí, la pesca en sí.

No esperábamos que se nos hiciera de noche. A mediodía había acabado de trabajar a las dos, a las tres tenía el examen del teórico del carnet de conducir que inexplicablemente aprobé sin fallos y una vez acabado la idea era empacar y hace camino cuanto antes. Basta que vayas con prisa para que te acabe pasando de todo, y a un café siguió otro, a unas bragas perdidas unos calcetines, y era ya demasiado tarde cuando, por fin, estábamos en la carretera, con el Mean Time de The Barracudas a todahostia, rumbo a un fin de semana en el bosque, a los pies de un lago, disfrutando del merecido descanso.

“De aquí no podemos pasar con el coche, habrá que ir caminando los cinco o seis kilómetros que faltan”. Ni una alma alrededor, las palabras que esperaba en un momento u otro porque si la carretera principal estaba como estaba era de imaginar que por el caminito que llevaba a la cabaña no hubiera pasado una máquina quitanieves desde quién sabe cuándo. Servidora, que estaba cansadísima y sólo soñaba con lo calentito que se estaría dentro de su saco de dormir, propuso olvidar lo que habíamos planeado y buscar un hotel. Me encontraba poco predispuesta a una caminata de cinco o seis kilómetros bosque a través, cuatro palmos de nieve blanda donde cada paso que das te cuesta un esfuerzo titánico, a las once de la noche, con el termómetro bajando y veinticuatro cervezas en la mochila. No me había dado cuenta y ya estaba fuera del coche con las raquetas puestas tratando de avanzar; hay promesas que resultan de lo más persuasivas.

Medio kilómetro después, la derrota, era imposible. ¿Qué hacer? Antes muertos que volver a casa: nos acercamos al pueblo con la idea de que alguna solución nos caería del cielo, quizá alguien podría alquilarnos una moto, cualquier cosa. En el pueblo, para empezar, no había bar. ¿Qué es un pueblo sin bar? Nada, no es nada, es poco más que un conjunto de casas, un pueblo siempre ha de tener un bar porque sin bar la gente se vuelve loca. La gente siempre se vuelve loca en los sitios pequeños, dijo él. Quizá, quizá sea así, pero un hombre sacaba dinero del cajero automático, nos acercamos y nos dio el teléfono de otro hombre. Una hora más tarde volvíamos al camino donde antes habíamos dado media vuelta, en una moto que amablemente nos dejó el hombre del que el hombre en el cajero nos había dado el teléfono, a intentarlo de nuevo. Cerca de dos horas después, agotados, habiendo habido de empujar la moto quién sabe cuántas veces para sacarla de la nieve, llegábamos a la cabaña. Aún habría que coger leña, cortarla, encender la estufa y esperar algunas horas para que el interior estuviera suficientemente caliente como para poder quitarnos las chaquetas. Pero habíamos llegado, habíamos llegado y no tardaría en ser de día. Abrimos las cervezas congeladas, había muchas cosas que celebrar.

6 comentaris:

Anònim ha dit...

La locura como huida de la locura tras el endurecimiento (tic martilleando en vacío adelante y atrás sin descanso) frente a una realidad para la que no se dispone de un mapeo adecuado, si no encallece / encalla / calla o se ciega en su huida, puede toparse con la genialidad.

¿Cuál sería la razón para partir hacia desoladas grandiosidades
Si no hubiera de qué huir, qué buscar, a quién contarlo...?


Aun a riesgo de cansar, de no saber (o saber) a dónde conduce esto, la falta de tiempo para esta historia de Internet me impide dejarte más comentarios y más largos de los que me pide el cuerpo, dada además tu prolificidad blogera.

Comtessa d´Angeville ha dit...

Sea bienvenido, anónimo, le digo sin el convencimiento de si seguirá el hilo de los comentarios y leerá mi respuesta. Lástima de su anonimato y lástima de esa falta de tiempo, aunque alegría de lo que le pide el cuerpo.

Hablando de razones y locuras, le regalo un fragmento de una novelita de Roberto Bolaño, Amuleto, que cité por aquí hace algunos meses acompañada de la imagen de nieve y nubes arriba y a los pies en cualquiera de las montañas n del Jotunheimen que me vieron el verano pasado y que me verán de nuevo este. Decía: "Tal vez fue la locura la que me impulsó a viajar. Puede que fuera la locura. Yo decía que había sido la cultura. Claro que la cultura a veces es la locura, o comprende la locura. Tal vez fue el desamor el que me impulsó a viajar. Tal vez fue un amor excesivo y desbordante. Tal vez fue la locura." (sí, no tengo ni idea de cómo se pone cursiva en los comentarios). Me entenderá, digo yo, lo que quiero decir.

Comtessa d´Angeville ha dit...

Y no vaya a equivocarse respecto a mí, en tierra soy bastante torpe. Los esquís son circunstanciales a este invierno, ando mejor sin ellos. Y ando por gusto pero si nadie me dice adónde tengo que ir. Y no soporto que si me paro a mirar un pájaro o una cagada de mosca me digan que se nos hace tarde para llegar. A Henriette d'Angeville poco me une más allá de una apasionada semana dentro de una tienda de campaña en un rincón noruego con un hombrecito guía en el Mont Blanc o el rechazo a la oferta de trabajar de camarera en un hotel en Chamonix esta temporada de invierno. Bien, si nos atenemos a su ascensión a los 4.810 metros, en caso de verme en semejante empresa yo también acarrearía conmigo el centenar de botellas de vinos y licores varios que se dice llevó (se hizo llevar) detrás la condesa. Poco más; soy feliz en la montaña o aquí en esta extensión blanca (Finlandia es plana como una tabla de planchar) por las mismas razones por las que soy feliz en el mar, esto es, porque nadie ni nada me molestan demasiado (iba a poner nadie me toca los cojones pero he recordado que no tengo, y aún sustituyéndolo por ovarios, tampoco me parecía bien plantarme en esos términos de buenas a primeras). Vengo a decirle que no me gustan las complicaciones, que en la montaña puedo entender quien se las busqué y que me gusta mirar desde mi horizontalidad; en el mar buscárselas es de ser gilipollas. Me podría alargar mucho más en este aspecto, de hecho debería hacerlo para que no me malinterpretara, pero no pretendo aburrirle.

Comtessa d´Angeville ha dit...

Me hizo gracia lo de la chaqueta Helly Hansen del año la polka. El septiembre pasado y recién acabado el Fjellfilmfestivalen (lo que vendría a ser el equivalente nórdico del festival que ha montado hace nada Jesús Calleja en León, con un poco más de juventud entre los asistentes, menos serio, más beber-beber-veralgunaproyección-subiralgunamontaña-seguirbebiendo) andábamos mi compañera y yo vaciando las habitaciones del edificio viejo de nuestro hotel (una delicia, una casona de 1888 que nació de la idea de un granjero espabilado que supo hacer negocio cuando su valle se llenó de escaladores ingleses dispuestos a ser los primeros en poner un pie en aquellas cimas) encontramos una vieja chaqueta Helly Hansen de la que las dos nos acabamos enamorando al momento y que finalmente se quedó ella aunque lo cierto es que a una y a otra nos quedaba grande. No entendíamos cómo se la podían haber dejado allí porque tenía cara (toda la cara que puede tener una chaqueta) de haber visto mucho. De todas maneras y después de todo un verano allí tampoco nos sorprendía, hubiéramos podido montarnos una tienda con todo el material que encontrábamos cada semana en las habitaciones y que nunca nadie reclamaba. Botas apenas usadas (si sales a la montaña sólo durante un mes en verano cómo vas a llevar las mismas del año pasado...), ropa... y también de vez en cuando y tras el paso de alguna imponente rubia equipada para subir al Everest cuando en pleno julio no iba más que a hacer un ruta por una senda verde y clarísima (y con un trozo en el que acababan de poner ESCALERAS!!! unas escalares hechas con roca que se trajeron a unos sherpas para que las hicieran como si los noruegos no supieran hacer caminos) mil y una cremitas y jabones, que nos hacían infinitamente felices (bastante más que todo lo demás).

Con la Comtessa sólo se puede contar para travesías entre puertos que se hagan por mar, aunque acepto precalentamiento en la Laurel; me da que esta noche voy a soñar con cojonudos.

Comtessa d´Angeville ha dit...

Y fue un placer, anónimo, lástima que una (que va a ser que no es tan fácilmente impresionable) se encuentre lejos de poder cerrar alguna sospecha. Así, no hay manera alguna de replicarle (o darle las gracias).

Comtessa d´Angeville ha dit...

Definitivamente, después de un vistazo -mañana va a tornarse exploración en profundidad y rezo por solecito a mediodía y sentarme en mi banco favorito con Gelman- corrijo donde dije lástima anteriormente, me parece injusto que alguien pueda decir cuanto se le antoje amparado en el anonimato y que a quien aquí se expone no se le permita ni siquiera una mísera contestación.

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